domingo, 2 de junio de 2013

Historias ancestrales. De la cosa en sí.



Repito mucho las cosas. Es una estrategia para lograr atravesar los veinte muros de protección que tienen ante el acceso de información nueva que confunda o altere su mundo.

 He leído con pasmo y algo de terror -por desgracia no con asombro; pues ya es vieja la idea y viene asomando cuernos diversos- la calificación de "historias ancestrales sin referencias con lo real presente" referida a la historia de la filosofía, sí, esa disciplina en la que tienen cabida desde Tales de Mileto y Anaximandro hasta Marx o Ortega, pasando por Descartes, Kant... aquellos que han venido en llamarse grandes pensadores -soy consciente que tal denominación puede ser tomada ya como una ofensa para el entendimiento común, no hace mucho una adolescente con apenas un trimestre en la materia lamentaba que al darles tanta presencia a los consagrados quedaba poco espacio para su propia creatividad -estoy seguro que entre los menos jóvenes hay muchos dispuestos a compartir el lamento. Personalmente aprecio la osadía en los jóvenes y tolero bastante bien el narcisismo en los adolescentes, pero que se incentive el narcisimo desde las instituciones y que los menos jóvenes se sumen a su celebración festiva le sienta peor a mi hígado que un cubata de Brummel tras un gancho de Mike Tysson. Me deja sin ganas de ná. Por suerte en esos momentos nos queda -como escribe Arturo Perez Reverte- el refugio en los " ancestrales" o en los prohibidos, los que nunca empatizan con la ñoñería-real-presente y sus dichosos tics .

 Esta mañana, al traerle el café, le he encontrado orinando en la alcantarilla, al parecer sin ninguna vergüenza. 
 -¿Quiere un trabajo? -le he dicho- hay muchos trabajos que le puedo dar. 
No ha dicho nada, se ha limitado a beberse el café, sosteniendo la taza con las dos manos.
 Está desperdiciando su vida -le he dicho- ya no es usted un niño. ¿Cómo puede vivir de esa forma? ¿cómo puede pasarse el día tirado sin hacer nada? No lo entiendo. [...] 
 Entonces ha hecho algo que me ha asombrado. Me ha mirado fijamente (...) y ha soltado un salivazo, espeso, amarillento, con vetas marrones del café, en el cemento junto a mí pie. Luego me ha tirado la taza y se ha marchado con aire despreocupado. 
 "La cosa en sí" he pensado, agitada, la cosa en sí sacada a la luz entre nosotros. No escupida sobre mí sino delante de mí, donde pudiera verla, inspeccionarla y pensar en ella. Su palabra, esa especie de palabra suya, de sus propios labios, caliente en el instante que la ha soltado. Una palabra, innegable, en un idioma previo al lenguaje. Primero la mirada y luego el salivazo. ¿Qué clase de mirada? Una mirada sin respeto, de un hombre a una mujer lo bastante mayor para ser su madre. Ten: aquí tienes tu café. La edad de hierro. J.M. Coetzee.

 Pero, ¡qué bien se respira!.